Crónica OM pt. I

La llamaron del último piso. Abrió la puerta e intentó mostrar su sonrisa oculta tras una cascada de rizos que se empeñaba en cruzarse por su rostro. Un rostro poblado de experiencias que día a día le recordaban que ya no era una niña, por más que ella quisiera sonreír como una colegiala. Súbitamente y como un telón que cae, los labios ocultaron sus dientes. Era serio aquel asunto, sin duda. El silencio y las caras largas que la enfrentaban tenían la consistencia de un paredón contra el que ella se estrellaría en cuestión de segundos. Uno habló, la otra asintió y el tercero intentaba ocultar una especie de despiadada satisfacción. Cinco minutos después, tuvo la certeza de que había sido víctima de una intriga de palacio. Estaba fuera. Despedida. Ahora sin empleo, sin el padre cómplice que recién había fallecido, sin otro compañero de vida, más allá de su hijo. Pero supo que era suficiente. Al salir de la fría oficina, contempló su reflejo tenue en un cristal. Se miró la cabellera frondosa, los ojos grandes y vivaces.

Entonces respiró y se dijo: “estos me hicieron un favor”. Bajó las escaleras y atravesó la puerta del sótano. Se echó por encima la túnica poblada de todas las tonalidades imaginables del púrpura. La tenía oculta en el archivo. Con la mano derecha se coloco la tiara oculta en la gaveta superior de su escritorio. Era la coronita que su papá le había regalado hace tanto…cuando cumplía quince años. No se desprendía de aquella reliquia cuyo brillo se le antojaba distinto…eterno. Acudió al baño y empezó a mojarse la cabeza con tanto empeño como paciencia. Chorreaban los residuos del “spray” de color oscuro con el que se había roceado la testa para poder ocultar su rebelde maranta magenta por la que fue tantas veces criticada. Mientras más asqueroso se tornaba el lavamanos, más reía. Un poco con venganza sí…un poco con alivio. Y es que le había pedido al espíritu descarnado de su amado padre, que le diera una señal.  Le había contado que el pecho se le oprimía pensando que había una libertad que la esperaba tras la oscura puerta del despacho. Y él, como ayer, como hoy y como siempre…le había respondido.

Y cuentan los que la vieron, que caminaba oronda por los jardines cercanos al lugar. Que hasta lucía más joven: que con la respuesta y la consecuencia que ya les eran conocidas…comenzaba el primer día de una nueva vida.

Fue entonces que musitó: “Gracias, Papá”.

“Recuerdo que dolía. Mirarla dolía. Ella era eso que todos querían tener pero nadie podia. Nunca fue de nadie, siempre fue del aire salado y de las olas con espuma blanca. Pertenecía profundamente a ella misma, a nadie mas. Su belleza emanaba paz y tranquilidad, algo que no lo provoca cualquier persona y eras afortunado de tan solo cruzarte con ella. Cada mañana el sol besaba su piel y por la noches la luna le regalaba estrellas que quedaban marcadas en su cuerpo. Y allí estaba sentada, primera vez que la había visto. Un enredo de rizos los cuales moría por acariciar con mis dedos. Alzo su mirada y quede adicto a ella.”

La congeló su mirada. Y sintió el frío mientras la seguía. Los colores violetas acaparaban su espacio, el viento la atraía. La engañaba con cada paso que daba, con cada movimiento que su traje hacía. Estaba atrapada. De pronto sentía fuego, calor, y como las raíces del piso envolvían sus pies. No debió haber pensado en el frío. No debió haberla comparado con su miedo. Pero, ¿miedo de qué? Si mientras intentaba zafarse de las ligaduras, su mente no producía pensamiento y de su boca no salían palabras. Y fue ahí. Mientras su cuerpo se quedaba rígido, y su traquea comenzaba a cerrarse, fue ahí… cuando levantó la cabeza y se encontró con su rostro. Un semblante envuelto en rizos púrpuras que la dejaron atónita, casi inconsciente. Y entendió que pertenecía allí.

Crónica OM pt. II

Lucía abrió los ojos y sintió un estremecimiento. Las aves no se escuchaban en el bosque. El silencio era desesperante aquella mañana. Mientras tomaba el té pensaba en las posibles razones de aquella penumbra. Ayer no era así, incluso jugué con Diego un rato. Diego, ¿dónde está Diego? El plato de comida aún estaba lleno. Eran las nueve y veinticinco de la mañana y el gato no se sentía en toda la casa. Algo definitivamente estaba pasando. Decidida, buscó el tabaco que dejó a mitad la última vez, y tendió las cartas. ¡Diego! ¿Qué haces debajo de la silla? Gato maldito ¡te estuve buscando para que comieras! El gato se le quedó mirando profundo, casi que levitaba en el aire. De pronto se escuchó un sombrío viento ululando, mientras el gato se acercaba a Lucía. Viró una carta: el Carro. Ambos se quedaron mirando la imagen. Diego se dirigió a su plato de comida y Lucía lo supo: tenía que moverse. El bosque se lo decía, y Diego ya lo sabía. Apagó el habano y comenzó a preparar el bulto. Esta noche será larga, Diego. Come, que hoy salimos a encontrar lo que nos anda buscando.

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